La partida
Una crónica de una visita, sin lugar a duda tiene elementos objetivos; uno transmite lo que vio y palpó, también tiene una visión subjetiva, cómo percibió y sintió los momentos de los cuales era testigos. Ir desprovisto de suspicacia a un lugar da una visión desprevenida de los acontecimientos; ir con una delegación jurídica crea inconscientemente un juicio de valor. Quería de todos modos ser lo más objetivo en toda apreciación
Después de unas peripecias del viaje, retraso en el vuelo de Bogotá a Barranquilla con el hermano Rafael y con una puerta a puerta que se detenía en toda puerta, todo pueblo y todo recodo donde podía recoger o dejar un pasajero de Barranquilla a Riohacha, llegamos a nuestro primer destino. Allí nos esperaban los hermanos Guillermo Rozo y Wilson Suárez para nuestro viaje a la alta Guajira.
Muy temprano el día 3 de agosto, en el comando del ejército nos reunimos todo el grupo que desde Riohacha sería trasladado a Nazaret: Monseñor Héctor Salah, un grupo de hermanas capuchinas y dos funcionarias de la educación contratadas
Al llegar a Nazaret después de dar varias vueltas el helicóptero que nos condujo aterrizó en un lugar donde menos se esperaba. Un enjambre de muchachos y muchachas, niños y niñas se reunían cerca del helicóptero para saludar entonces comprendí que la presencia de los capuchinos y de las hermanas terciarias capuchinas era la viva expresión del importante legado de los hermanos y hermanas que trabajaron por más de 100 años en esta tierras. Una fecha era sólo un símbolo, detrás de todo eso se escondía una profunda experiencia de amor, de Dios y de un trabajo por un pueblo indígena.